Capítulo 1: Un viaje tardío

Paso a paso, Seph se alejaba del bosque de las ánimas, poco a poco se difuminaba tras de sí. El viaje no sería fácil, Nexusburg se encontraba a cuatro días de distancia y no existía un camino, más que seguir el río que emanaba del bosque y las cienagas del ermitaño, bautizadas por una vieja leyenda del comienzo de los tiempo.

Sus aguas eran cristalinas y rápidas, si observabas lo suficiente podrías ver las sombras de los pequeños dragones de agua. El río serpenteaba por la ladera de la colina, formando curvas y remolinos a medida que se acercaba a Las Cataratas de las Ánimas, unas cataratas majestuosas, ubicadas en la frontera de Nexusburg y la región de las Ánimas, único paso, entre una región y otra, solo accesible para los usuarios de Etérea experimentados. El agua caía con gran fuerza, creando una nube de bruma que hacía imposible determinar donde terminaban, el sonido provocado emulaba un rugido de dragón en la distancia.

Mientras observaba aquel espectáculo natural, trató de recordar como había conseguido pasar la última vez, pero la región de las ánimas, compuesta por el bosque, la colina y los acantilados, era una lugar mágico que borraba la memoria de su acceso a todo aquel que conseguía atravesar sus dominios, de este modo, si dejaba la Ánimas, nunca podría revelar como atravesar la ancestral barrera mágica.

Aunque Seph era un gran usuario de Eterea, la falta de practica había menguado considerablemente su habilidad, le tocaba reaprender. "Que sutil ironía" pensó mientras sacaba de su macuto uno de los libros de hechizo, este enfocado a las magias espacio-temporales. Revisó atentamente cada página buscando algo que pudiera darle una pista. En el bosque de las ánimas había usado los hechizos, Progrediem que avanza un espacio a otro plano temporal, usando el principio de causalidad que el usuario propicie, y Retroguediem, para retrocederlo, con estos hechizos no tenía problemas ya que el uso continuado le proporcionaba seguridad.

Tras una ardua búsqueda, encontró Motuspatiem, encantamiento que permitía transportar al usuario a otro lugar en el espacio. 

Se concentró...

- Motuspatiem - clamó ante las cataratas.

Lamentablemente, esto no salió como esperaba, cada hechizo requiere dedicación y concentración, no importa lo experimentado que pueda llegar a ser un hechicero, cada hechizo debe ser estudiado, practicado y asimilado, por lo que fue a parar al medio de la catarata en una caída libre en la que sus ropajes bebían de la corriente en descenso y su vista se iluminaba ante la velocidad que cogía su cuerpo, con su mirada encontrando infinidad de colores emulando arcoíris.

- Subsito Motus - gritó por instinto.

Paró en seco, justo antes de llegar a las rocas que asomaban sobre la superficie del turbio lago a los pies de la catarata, flotó por un segundo y cayó suavemente en una de las rocas, que a pesar de la suavidad, no evitó que se fracturase una costilla, en parte por la mala posición de la caída, en parte por la inevitable fragilidad física que deriva de una avanzada edad.

Nadó como pudo hasta la orilla del lago, un lugar pedregoso, duro e incómodo, mojado y dolorido se alzó como pudo, buscó su macuto pero lo había perdido, no le quedaba claro si en el fondo de las

cataratas o tras de sí en las región de las ánimas, pero sabía perfectamente que en ese estado buscarlo sería una perdida de tiempo. Caminó durante horas, el lago se convirtió en un campo de lodo, La Ciénaga del Ermitaño, avanzó a duras penas por el corrompido paisaje, cada movimiento era un mundo, cada mundo un dolor agudo, cada dolor un quejido, el quejido de un hombre que se dirige a la muerte.

En unos instantes, sus fuerzas menguaron, su cuerpo falló y cayó sobre el barro, ese instante fue doloroso, toda una vida esperando, toda una vida para terminar como un elemento más de una cienaga, ese pensamiento hizo que una pequeña mueca de vergüenza atravesara su rostro, perdió la consciencia mientras disfrutaba de su última reflexión, la insoportable levedad del ser.

Unas vibraciones le hicieron abrir abruptamente los ojos. Rápidamente intentó incorporarse, pero el dolor lo detuvo, se percato del movimiento, con sus manos dedujo el vendaje en sus lesiones y con sus ojos se supo dentro de un carruaje.

- ¿Ya te has levantado viejo? - oyó una voz joven que provenía del exterior.

. ¿Quién eres? ¿Por que me has ayudado?

- Bueno, eso responde a mi primera pregunta, responder a las tuyas será un poco más complicado.

- ¿A que te refieres? - preguntó Seph Confundido.

- Digamos que sé quien eres, de hecho, lo sé muy bien, al menos hasta el día de hoy, no sé que pasará dentro de setenta y un años, eres el penúltimo miembro de la orden, para responder a tu pregunta de quien soy, será mejor que me muestre.

El joven abrió la lona, y mostro su rostro.

- Me llamo Seph, y soy el último miembro de la Orden de la Trascendencia. 

- ¿¡Una paradoja temporal!? - exclamo el viejo Seph mientras se volvía a desmayar, en el justo momento que atravesaban las puertas de Nexusburg.